diciembre 2, 2021

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Árbitro ordena detener a San Jerónimo | España

Árbitro ordena detener a San Jerónimo |  España
Meritxell Batet, miércoles durante la sesión de escrutinio del gobierno.
Meritxell Batet, miércoles durante la sesión de escrutinio del gobierno.Juan Carlos Hidalgo (EFE)

Meritxell Batet se guía por un lema del fútbol: el mejor árbitro es el que pasa desapercibido. Con ese entusiasmo, ha intentado actuar en los casi dos años y medio que fue presidenta del Congreso. Hasta el martes pasado. Ese día, la tercera autoridad estatal ordenó que se detuviera el juego, tomó el balón y lo remató fuera de lugar. Era un rapapoder en toda regla, ya que hacía mucho tiempo que no se le escuchaba por última vez en la Carrera de San Jerónimo.

Lo había pensado durante el fin de semana anterior, aún digeriendo la amenaza de desprecio lanzada por el grupo Vox cuando se negó a obedecer la orden de expulsión de uno de sus miembros, al que había llamado «brujo» a un diputado socialista. El incidente sacó a la presidenta de la sala del tribunal, la puso en una posición muy comprometida y confirmó lo que ella misma lamenta como la «constante degradación» de la vida parlamentaria. Batet, una mujer de origen humilde, que vivió el desalojo y pagó sus estudios con becas y sirviendo copas por las noches, no suele ofrecer grietas en su imagen seria y templada. Después de pensarlo, regresó el lunes y comenzó a escribir su discurso. El pleno se abrió el martes con un mensaje inusual a toda la Cámara, auténtico ya basta de «insultos y ofensas».

El líder socialista catalán tuvo que arbitrar un parlamento convulso en un período convulso. Una Cámara donde conviven el nacionalismo español más ruidoso y el independentismo catalán más exaltado, donde la extrema derecha es la tercera fuerza y ​​la izquierda nacionalista tienes tu propio altavoz de grupo. Y en un momento en el que la política se ha visto teñida por la brutalidad verbal de las redes sociales, una de las grandes preocupaciones del presidente. Los grupos utilizan las intervenciones de sus diputados para extraer escritos acortar con atrapado en las redes. Nada mejor que frases de taberna o muestra como el de un diputado de Vox que se subió al podio hace unos días con un burka y una gorra talibán.

Batet atravesó ese campo minado, en un intento permanente de no dejar que la situación se saliera de control. Sus llamados a la calma ya habían sido insistentes. En público, como el último día de la Constitución, cuando advirtió contra la concepción de la política como «enfrentamiento constante e incondicional». Y muchas más veces en privado, con voceros de grupo o con diputados individuales.

Su declaración del martes terminó con una advertencia: «No seré neutral en la defensa del Parlamento, la democracia y las instituciones». Los grupos también lo dijeron en privado, según fuentes parlamentarias: a partir de ahora el árbitro será más severo para frenar el desagradable partido. El mensaje es que acciones como la última del diputado Vox José María Sánchez y su «bruja» a un diputado del PSOE o la que dijo en junio María Dantas, de ERC, que gritó «fascistas» a algunos parlamentarios del partido de Santiago Abascal ya que superó sus puestos. El juego sucio que pretende detener Batet no son solo los insultos, sino también las actividades clandestinas, como las de esos diputados del PP que, mientras los ministros intervienen en la banca azul, se dedican a fastidiarlos desde la última fila.

El problema para Batet es que en un Parlamento donde palabras como totalitario, franquista, cómplice del asesino o golpista están en la agenda, es difícil discernir lo que el Reglamento define como «conceptos ofensivos al decoro de la Cámara». Su discurso del martes fue aplaudido por todos los colectivos y con más entusiasmo que nadie por los portavoces de Vox, Iván Espinosa de los Monteros y Macarena Olona. En público y en privado, Vox se presenta a sí mismo como la víctima y utiliza la frecuencia con la que los hablantes de izquierda se refieren a su pueblo como «fascistas». Mientras tanto, casi se han convertido en un eslogan para etiquetar al gobierno de «criminal».

Uno de los recursos de que dispone la presidenta es ordenar que se eliminen del Journal of Sessions lo que ella entiende como esos «conceptos ofensivos al decoro». Hasta hace unos años, en realidad se cancelaron. Como las cámaras filman todo lo que pasa en el hemiciclo, el Congreso ha cambiado la costumbre y ahora la medida es más simbólica que real: el «concepto ofensivo del decoro» sigue apareciendo en el Diario de Sesiones, aunque está escrito entre paréntesis para indicar que fue cancelada por la presidencia. Una fórmula que no agrada a todos. La diputada del PP Cayetana Álvarez de Toledo acudió al Tribunal Constitucional para pedir la retirada de los dos paréntesis que encierran la expresión «hijo de un terrorista» que dirigió al entonces vicepresidente Pablo Iglesias en mayo del año pasado.