noviembre 29, 2021

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Democracia tertuliana | Opinión | PAÍS

Democracia tertuliana |  Opinión |  PAÍS
Pablo Iglesias, Carmen Calvo, Aimar Bretos y José Manuel García-Margallo en 'Hora 25'.
Pablo Iglesias, Carmen Calvo, Aimar Bretos y José Manuel García-Margallo en ‘Hora 25’.Jorge Paris (Cadena SER)

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¿Por qué los políticos se comportan de manera diferente en las reuniones sociales que en las instituciones? Lo presento como una «pregunta de investigación», como diría un académico. Yo mismo no tengo una respuesta clara. Me refiero, como podrás imaginar, a la presencia de Carmen Calvo, Pablo Iglesias y García-Margallo en el Ágora de Cadena SER. Pero estos no son los únicos; hay otros (lea el reciente reportaje sobre Manuel Jabois donde están todos los detalles). Allí se aprecia no solo cómo los medios de comunicación se han convertido en una nueva y privilegiada puerta giratoria para cuando se ven desplazados de sus responsabilidades. Lo más interesante es ver cómo los políticos desempeñan su nuevo papel comunicativo transformados en sabios analistas que se escuchan, discrepan de forma pacífica y cortés, y ponen toda su experiencia al servicio del debate ciudadano. El contrapunto exacto a lo que ocurre en la política institucional, como vemos en el Parlamento. Es como si, liberados de la camisa de fuerza de su papel de políticos activos, pudieran encontrar la tranquilidad. Su lado furioso de Mister Hyde desaparece y el Dr. Jekyll, más amable, regresa.

En otras palabras, debe haber algo tóxico en ese espacio que llamamos política activa. Siempre lo ha sido, ahora no nos sorprenderá. Si nombres como los de Maquiavelo, Hobbes o Schmitt están en la cima de los santos políticos debe ser por algo. Hacer política es otra forma de hacer la guerra, parafraseando a Clausewitz, no en vano su función es sublimar los conflictos, hacerlos digeribles. El conflicto es de lo que se alimenta. Y no hay conflictos sin facciones, sin una demarcación clara entre ellos y nosotros. Por eso, desde que habla, cada político siempre se vuelve hacia los suyos, y el mejor cemento para unirlos es el enfrentamiento con el otro. Por lo tanto, es imperativo hablar siempre en contra de alguien.

La mayor diferencia entre el político activo y el político socialista radica precisamente en el hecho de que el destinatario del discurso de este último es el ciudadano común, no sus militantes. Y, además, en esta nueva área están libres de consignas partidistas, de las estrategias de los expertos en comunicación. Incluso defendiendo sus propias ideas o propuestas, lo hacen sin la camisa de fuerza del sesgo patológico. Nótese que tan pronto como se abandonan los excesos de la política contradictoria, surge la posibilidad de una política dirigida al entendimiento mutuo. Aunque, cuidado, eso no significa que no estén de acuerdo. Pero es una discrepancia sin complicaciones, con exactitud discursivo.

Lo curioso de esta transformación de nuestra democracia agregada es que la gente común que se reúne –en el sentido más noble del adjetivo, por supuesto– tiende (queremos) a ser cada vez más partidista y confusa, más matones. La polarización que nos corroe también se siente aquí. En cambio, estos nuevos intrusos parecen anglosajones flemáticos. Quién lo hubiera pensado, intercambiando cartas. En resumen, veamos si dura. No perdamos de vista el hecho de que tanto los políticos como los comentaristas participan de la cultura del entretenimiento y las condiciones de la economía de la atención. El incentivo radica en el exceso y la ira, no en la moderación, y esta es otra de las causas de la toxicidad antes mencionada. Tiene un arreglo realmente malo.