enero 22, 2022

Top Citio Noticias

Panorama latinoamericano

Javier Perianes, amor y muerte desde el corazón de la Alhambra | Cultura

Javier Perianes, amor y muerte desde el corazón de la Alhambra |  Cultura
Javier Perianes durante su recital en el Patio de los Arrayanes, ayer en Granada.
Javier Perianes durante su recital en el Patio de los Arrayanes, ayer en Granada.Fermín Rodríguez / Festival de Granada

El recital de Javier Perianes (Nerva, 42), anoche en el Patio de los Arrayanes de la Alhambra, fue un soplo de aire fresco. Fue por las condiciones climáticas ideales en las que se desarrolló, con una ligera brisa que nos hizo olvidar la calurosa noche del día anterior. Por el marco incomparable del piano adornado por el resplandor acuático de la piscina y el público ubicado al abrigo de los dos macizos de mirtos. Pero sobre todo por la concepción temática de un programa, de 90 minutos ininterrumpidos, que giraba en torno al amor y la muerte, y que se elevaba admirablemente entre los dedos del pianista.

Fue la segunda de las tres funciones de Perianes en esta edición del Festival de Granada, donde reside. En su primera aparición, que tuvo lugar el 22 de junio, actuó como solista en el Concierto para piano de Grieg, y recibió la Medalla de Honor por su «compromiso con el festival y la difusión de la música española». La tercera actuación tendrá lugar esta noche, en el Patio de los Mármoles del Real Hospital, donde actuará el quinteto de piano de Schumann junto al Quiroga Quartet.

Más información

Es bien sabido que el recital de piano, tal como lo concibió Liszt en la lejana década de 1840, a partir de monólogos teatrales y recitales de poesía, reproduce una y otra vez un formato bastante predecible. El interés se concentra en el virtuosismo y musicalidad del protagonista, ya que el repertorio suele ser bastante similar. Es cierto que en los últimos años se han realizado interesantes experimentos que suman elementos poéticos, plásticos y escenográficos, pero parte del éxito de un buen recital radica en la concepción del programa. Y el camino de escucha que propuso Perianes anoche lo demostró.

Tu título, Amor y muerte, nació de un capricho de Goya, quien inspiró a Enrique Granados, entre 1909 y 1911, el penúltimo movimiento de la suite para piano Goyescas. Pero también se convirtió en el escenario final de su ópera homónima, donde Rosario mantiene a Fernando herido de muerte tras el duelo con Paquiro. Alrededor de Granados, Perianes teje una red de relaciones que conecta a Beethoven con Wagner a través de Chopin y Liszt.

La primera parada del programa fue el Sonata No. 12 en La bemol mayor opus 26, de Beethoven, cuyo tercer movimiento lleva la indicación en italiano Marcha fúnebre a la muerte de un héroe.. Aquí no parece que se haga referencia a un personaje concreto, sino a la desolación del compositor. Beethoven se vio inmerso, en 1801, en una tormentosa relación con Giulietta Guicciardi, pero también en un proceso de reconsideración de sus sonatas para piano. Esto lo llevó a concebir una estructura poco convencional que comienza con un tema con variaciones y termina en un rondó despreocupado, después de un broma y la marcha fúnebre antes mencionada. Perianes ya grabó esta sonata, en 2011 para Harmonia Mundi, pero su lectura ahora suena mucho más madura y cohesionada. Y no solo por la forma de identificar cada variación (auténtica metamorfosis en sus manos), sino también por el aspecto sinfónico que aporta a la marcha fúnebre. Un movimiento que Beethoven orquestó luego, dentro de la música incidental para Leonore prohaska, e incluso acompañó su ataúd, en marzo de 1827, por las calles de Viena.

Javier Perianes durante su recital en el Patio de los Arrayanes, ayer en Granada.
Javier Perianes durante su recital en el Patio de los Arrayanes, ayer en Granada.Fermín Rodríguez / Festival de Granada

Esta sonata de Beethoven fue la favorita de Frédéric Chopin y sirvió de modelo para su Sonata No. 2 en si bemol menor ópera 35. El compositor polaco partió de su famosa marcha fúnebre, escrita por él en 1837, y colocada dos años después como tercer movimiento de la ópera. Perianes acaba de estrenar su grabación de esta sonata, también en Harmonia Mundi, pero la versión escuchada anoche en el Patio de los Arrayanes fue superior. Una vez más el pianista inclina su interpretación hacia la marcha fúnebre, a la que llegamos tras un Muy agitado, diseñado con un desarrollo imponente, ea Broma corriendo, donde el tiempo se ha detenido en el trío Más lento. Fue un anticipo de lo que nos esperaba en la marcha fúnebre. No me refiero tanto al ritmo perturbador que abre este movimiento, que es el prototipo sonoro del funerario, como al aria del bel canto del trío central, en re bemol mayor, donde Chopin parece emular la voz de Rubini, el gran tenor de su tiempo. Perianes lo transformó en algo volátil e inefable que fue lo mejor de la noche. La Pronto Al final, con esos furiosos tripletes de octava corriendo por el teclado, casi funcionó como una conexión con el resto del espectáculo.

La balada Amor y muerte, de Granados, estuvo en el centro de las cinco composiciones, después de las dos sonatas, de Beethoven y Chopin, y antes de las dos últimas, de Liszt y Wagner. Perianes destacó la estructura dramática de la balada, que representa el paso de la vida a la muerte de un hombre en brazos de su amada. Y sobre todo en la última página, con ese indicio de «alegría en el dolor» que precede a «la muerte del majo», junto a las campanas lúgubres que cierran la obra. Sigue así funeral, de Franz Liszt, incluido en su colección de Armonías poéticas y religiosas. Una composición, fechada en octubre de 1849, el mismo mes y año de la muerte de Chopin, pero donde el funeral adquiere un perfil oficial, en homenaje a las víctimas de la revolución que había desgarrado Hungría el año anterior. De hecho, ahora se cree que Chopin escribió su marcha fúnebre con un propósito similar, en este caso para conmemorar el levantamiento de noviembre de 1830 en su Polonia natal. Las conexiones en este programa son infinitas. Sea como fuere, Perianes, que rara vez frecuenta la música de Liszt, reveló su conexión natural con estos pentagramas. Encontró tensión y coraje, pero también un lirismo ideal, que enfatizó en Más lento casi al final.

El espectáculo cerró con el arreglo de Liszt de La muerte del amor de Isolda, 1867, el famoso final de la ópera Tristán e Isolda por Wagner. Y escuchamos una versión exquisita, en la gestión de los planos de sonido y en la robado, sin perder la voluntad sinfónica. Al final, todo salió en armonía. Sin embargo, Perianes agregó dos sugerencias a su recital. El primero fue el Nocturno en Do sostenido menor obra póstuma que compuso Chopin, en 1830, y que se publicó cuarenta años después. Una pieza muy conocida de películas como El pianista, de Roman Polanski, y donde Perianes mostró su habitual magia expresiva.

Pero, para concluir, se reservó un clímax sorprendente. Y escuchemos la cuarta y última pieza que escribió Liszt en relación a la muerte de Wagner, después de las dos versiones de La góndola sombríaRW – Venecia. quiero decir A la tumba de Richard Wagner, una breve composición de unos tres minutos para el cumpleaños número 70 que Wagner no vivió para hacer. En él, Liszt menciona el tema Virutas de embalaje de su cantata Las campanas de la catedral de Estrasburgo, que Wagner había utilizado al comienzo de su obra Parsifal, pero devuelve el cumplido al incluir el tema de las campanas de esa obra a continuación. Como si fuera algo planeado, el inicio de las obras coincidió, en el Patio de los Arrayanes, con las doce campanadas de la medianoche. Y esa reiteración del citado tema wagneriano, de la mano de Liszt, sumó al final de la velada un matiz casi místico: un Do agudo que perduró y quedó suspendido en el aire, como añorando el más allá.