mayo 20, 2024

Murtaza Sapdara, la historia del paquistaní al que abandonaron a su suerte en una montaña a 8.000 metros | Deportes

Tumbado en una cama del hospital vizcaíno de Cruces, el paquistaní Murtaza Sapdara se mira las manos y llora. Las primeras dos falanges de casi todos sus dedos aparecen ennegrecidas, necrosadas, perdidas. Mientras aguarda su amputación, se pregunta qué futuro le espera a él y a su familia. Ya no volverá nunca a trabajar como porteador de altura en alguno de los cinco ochomiles de su país. Y no sabe qué sentir: ¿ira? ¿impotencia? ¿gratitud? ¿desesperanza? Su caso ocupa la prensa local, también las revistas online de montaña.

De momento, este es el veredicto: dos alpinistas mexicanos crucificados y un mártir, Sapdara, que no habla una palabra de inglés y que tiene a su lado, a Ishaq, compatriota afincado en Bilbao desde hace una década. Él es quien oficia de traductor. “Solo deseo que esto sirva para cambiar nuestra realidad, para que nadie tenga que volver a pasar por esto, o tenga que morir”, suspira, casi, Sapdara, 24 años, mujer y dos hijos.

Los hechos resultan confusos porque existen dos voces, dos relatos diferentes. El pasado 14 de julio, los mexicanos Sebastián Arizpe y Max Álvarez alcanzaron el campo tres del Broad Peak (8.053 m), ubicado a 7.100 metros. Les acompañaban dos porteadores, uno de ellos Murtaza Sapdara, cuyo apellido es sobradamente conocido: su tío Ali fue el primero en conquistar el Nanga Parbat en invierno, junto a Alex Txikón y Simone Moro. Su fama le proporcionó clientes y dinero, pero falleció en febrero de 2021 en el K2 cuando guiaba al islandés John Snorri. La reciente y acelerada comercialización salvaje de las montañas más elevadas del planeta ha llegado como un huracán de posibilidades para los jóvenes paquistaníes que residen al pie de las montañas. La fiebre de cima no solo afecta ya a los alpinistas occidentales, sino que anima a los porteadores de altura a jugársela para adornar apropiadamente su currículo, convertirse en guías y ganar mucho más dinero.

De entre todos esos jóvenes como Sapdara, muy pocos aman el alpinismo: tan solo lo contemplan como la (única) ocasión de extraerse de una pobreza endémica. El papel de los porteadores de altura consiste en acarrear peso montaña arriba con el que montar campos de altura y que no falte lo necesario para el ataque a cima de los clientes: tiendas de campaña, utensilios de cocina, oxígeno embotellado, gas… una vez alcanzado el último campo, lo habitual es que regresen al campo base o esperen en dicho último campo para asistir a los que regresan de cima, recogerlo todo y volver a bajar cargados como mulas. Para sorpresa de la pareja mexicana, Sapdara declaró que intentaría alcanzar la cima.

Tras una discusión por radio en la que el oficial de enlace tradujo a Sebastián y Max las intenciones de sus dos porteadores, ambas partes alcanzaron un acuerdo: ya que los porteadores se empeñaban en buscar la cima, podrían acarrear al menos un par de botellas de oxígeno a cambio de unos 400 dólares. Max Álvarez es guía de alta montaña, y Sebastián no solo es su amigo sino su cliente. El oxígeno embotellado era para este último. Álvarez suele guiar para la empresa del reconocido himalayista mexicano Héctor Ponce de León, quien, según reconocía en entrevista telefónica, subcontrató los servicios de la empresa paquistaní Blue Sky Travel: “Había trabajado al menos ocho veces con ellos y aunque se trata de una modesta empresa, me resulta de confianza y es mucho más barata que las agencias de Nepal. También ellos merecen la oportunidad de trabajar”.

En conversación telefónica, Sebastián explica: “los HAP (High Altitude Porters, en sus siglas en inglés, es decir porteadores de altura) no estaban técnicamente preparados, ni su vestimenta era la adecuada para buscar la cima, pero nos dijeron que saldrían hacia arriba con o sin nuestra aprobación”.

Murtaza Sapdara corrobora la explicación de los mexicanos: él llevaba una botella de oxígeno en la mochila, su compañero otra, y las órdenes eran que las dejasen a 7.900 metros, en un collado que da paso a la arista cimera. Los porteadores pakistaníes salieron a las 20.30 de la noche a rueda de un potente equipo de sherpas de Nepal. Hora y media después, lo hizo la pareja mexicana. “A las siete de la mañana, nos reunimos con nuestros dos porteadores y con otro más y nos dieron el oxígeno. Allí, uno de los porteadores nos dijo en inglés que Murtaza no se encontraba bien, que le dolía la cabeza. Les insistimos para que los tres descendiesen juntos. El tiempo era malo. Los porteadores repetían ‘bad weather, bad weather’ (mal tiempo) y se quedaron parados hablando entre ellos. Max y yo seguimos hacia la cima”, explica Sebastián.

Murtaza Sapdara, hospitalizado en Cruces, Bizkaia.
Murtaza Sapdara, hospitalizado en Cruces, Bizkaia.

Tras alcanzar la cima, de regreso por la arista, la pareja mexicana se cruzó con uno de sus porteadores y con el tercero en discordia. Faltaba Murtaza. Dijeron que había decidido no ir a cima y que bajaba por su cuenta. En realidad, Murtaza estaba solo, tirado en la nieve. Así lo encontró el alpinista austriaco Lukas Woerle: “Lo ví a 8.000 metros, escupiendo sangre, incapaz de hablar y sin saber siquiera su nombre. Decidí abortar mi intento, pedí ayuda por radio y empecé a bajarlo para salvar su vida. Me costó mucho hacerlo. Yo creo que media hora o cuarenta y cinco minutos más tarde, me lo hubiera encontrado muerto. Así que tiré de él, lo descolgué con ayuda de la cuerda, lo arrastré hasta el collado hasta que me encontré con un alpinista americano quien le medicó y le dio oxígeno embotellado. Así llegamos hasta el campo tres, donde mejoró sensiblemente gracias a la pérdida de altitud. Ojalá todos escogiesen salvar una vida en vez de alcanzar una cima”, explicó a un periodista de televisión de Pakistán.

Su testimonio llevaba implícita la idea del abandono de Murtaza por parte de sus clientes… y de sus dos compañeros paquistaníes de profesión. ¿Cómo podía ser que un hombre estuviese indefenso y tirado en la nieve? Murtaza Sapdara asegura que siguió hacia la cumbre hasta que colapsó. “Éramos sus esclavos. Nos habían pedido que les acompañásemos y eso es lo que hicimos. Pero no estoy enfadado, tan solo espero que esto cambie la realidad de las cosas en las montañas del Karakoram”, asegura.

‘Crowdfunding’ para sufragar las operaciones en los dedos

El hijo de Ali Sapdara, primo de Murtaza, pidió ayuda a varios himalayistas españoles, entre ellos al vizcaíno Alex Txikón, quien pagó de su bolsillo el traslado a Cruces del herido. Ahora ha creado un crowdfunding para sufragar las operaciones en los dedos a las que debe someterse, y para lograr un colchón económico que permita a Murtaza empezar de cero con algún negocio básico en su país. Max y Sebastián han aportado ya 3.500 euros. Lo recaudado asciende de momento a 12.000 euros, pero se estima que serán necesarios 30.000 para alcanzar el objetivo deseado.

Mucho más difícil se antoja el futuro de los porteadores de altura de Pakistán y las empresas low cost para las que trabajan. El sueldo de Murtaza por su expedición al Broad Peak apenas rozaba los 180 euros. “Pero bajé de la montaña todo lo que subí para mis clientes, bajé con una mochila de 35 kilos”, insiste. No quiere que se le acuse de ser un mal trabajador. Los clientes occidentales que contratan este tipo de servicios no deberían volver a ignorar cómo trabajan los porteadores: sin seguro médico decente, sin seguro de accidente, sin ropa adecuada, sin formación técnica, sin oxígeno embotellado… y sin la empatía de los occidentales que los reducen a HAPs, es decir meras siglas. “Mi autocrítica es que lamento mucho no haber estado cerca de Murtaza para haberlo ayudado a descender”, se sincera Sebastián Arizpe.

Murtaza puede estar agradecido porque salvó su vida, algo que nunca podrá decir Muhammad Hassan, quien murió el pasado 27 de julio ante la indiferencia de la mayoría de aspirantes a cima en el cuello de botella del K2. Solo era un HAP. El Gobierno de Pakistán ha de tomar cartas en el asunto, profesionalizar sus empresas de servicios guiados, elevar los precios y garantizar que los trabajadores de la montaña sean cualificados y estén protegidos. Esto parece mucho más sencillo que apelar a la generosidad y humanidad de muchos de los que circulan por aquellas montañas.

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