mayo 18, 2024

un nuevo libro de Lucía Salinas sobre las porosas fronteras argentinas

El billete de cincuenta pesos argentinos es colocado sobre los demás que acumula sobre su mano derecha. Son las nueve de la mañana y esa yuxtaposición de papel moneda da cuenta del ritmo incesante del camino, uno que controla celosamente porque es propiedad privada y ahí manda él. Ese patio lindante a un galpón de grandes dimensiones se impone frente a cualquier discusión que busque librarse sobre los límites fronterizos. El joven reitera con calma, como si hubiera en sus dichos cierta automatización : “Son cincuenta pesos para pasar” y aporta una serie de instrucciones: “Este paso va a estar abierto hasta a las seis de la tarde, pero pueden regresar por otros, y se paga la vuelta igual”.

No es necesario preguntar hacia dónde hay que dirigirse. Los árboles de grandes dimensiones acompañan y delimitan el acceso hacia el sendero de tierra árida. Después de recorrer unos cincuenta metros hay que atravesar un paredón de ladrillos expuestos, construido informalmente como todo lo que transcurre allí. Una puerta metálica, oxidada, y con los colores que otorga la intemperie y el paso del tiempo, lo suficientemente gruesa para expresar el horario de inicio como el de fin de la jornada, es lo próximo a cruzar.

La quebrada se pierde en el arroyo Los Pocitos al que sólo le queda el nombre. No corre por allí ni una gota de agua hace años y sólo queda de aquel cauce la reminiscencia de un sendero, que es atravesado por miles de personas a diario. Si se continúa caminando por el inexistente arroyo, hacia la derecha, en pocos minutos se llega al paso fronterizo Salvador Mazza – Yacuiba.

Todo convive en una misma línea recta, como si cada una fuera una dimensión paralela de la otra, a una acotada distancia: más específicamente a cien metros se encuentra el paso clandestino de la aduana. La imagen aérea expone y contrapone, la fila de veinte personas que aguardan su turno para realizar el trámite migratorio, y quienes eligen algunos de los 78 caminos no habilitados. Todos lindantes, todos cercanos a la frontera y de público conocimiento.

Nadie impone las reglas pero el silencio predomina en ese andar pausado que se dirige hacia Bolivia. Atrás quedó la puerta que materializa la división de territorios. Por pasos alternativos se van sumando personas a ese sendero que se ubican formando una fila india. Es un tránsito humano, pero ellos mismos lo definen como un camino de hormigas, constante, que surca el suelo cargando cosas.

Libro "Fronteras" (editado por Leamos y de descarga gratuita en Bajalibros), de Lucía Salinas.Libro «Fronteras» (editado por Leamos y de descarga gratuita en Bajalibros), de Lucía Salinas.

La tierra levanta polvo a cada paso que se da y así sin proponérselo, va desdibujando la claridad que podría tenerse sobre el territorio que se pisa. La puerta metálica quedó atrás hace varios minutos, ya no se visualiza a lo lejos porque la quebrada desciende estrepitosamente y como aconseja un joven que lleva en sus espalda una pesada bolsa negra, “hay que mirar con cuidado donde pisa”.

En ese descenso se pisa lo que en algún momento fue un arroyo y pocos metros hacia adelante, se inicia el ascenso. Entre la polvareda que acompaña, se ven a otras personas que realizan el mismo recorrido pero por otros caminos. La senda cobra una mayor dimensión y se convierte en una calle, amplia y siempre de tierra, que desemboca en un barrio donde se cruzan los vecinos con carros, arrastrando cajas con mercadería.

Para entonces sólo transcurrieron poco más de siete minutos hasta que se visualiza una calle pavimentada donde se oyen las voces de los comerciantes. Las ofertas, la invitación a ver la mercadería, la propuesta de la mejor calidad del producto son parte de aquella extensa feria montada sobre la calle principal de Yacuiba o la de Pocitos.

La periodista de Clarín y TN Lucía Salinas. Foto: Federico ImasLa periodista de Clarín y TN Lucía Salinas. Foto: Federico Imas

La feria tiene varias arterias que la van cruzando aunque se convierte, desde muy temprano, en una gran peatonal. Desde esas calles se puede acceder a diversos pasos no habilitados, o como las denominan ellos “las pasadas” que conducen a Salvador Mazza. No los separa una frontera, “nos separa un patio” dice, entre risas, una de las vendedoras de la feria

El regreso tiene horario, el portón metálico cierra poco después de las seis de la tarde. Sin embargo, como los mismos cobradores del paso advierten, se puede regresar a la ciudad por cualquiera de los caminos, por los patios de tantas casas que desembocan en suelo argentino.

Al mediodía el movimiento de aquella avenida cubierta de toldos y de puestos de ventas se intensifica notablemente. Es un ir y venir de mercadería entre Argentina y Bolivia. Es un caudal de prendas, calzado y, en este último tiempo, cubiertas. El comercio de la ciudad salteña se abastece de estos 78 pasos clandestinos por los que circula un sinfín de productos, la materia prima que alimenta los negocios instalados a pocos metros del paso fronterizo donde está asentada la ADUANA, AFIP y Migraciones.

Un alambra y un tronco caída como marca limítrofe. Del libro "Fronteras", de Lucía Salinas.Un alambra y un tronco caída como marca limítrofe. Del libro «Fronteras», de Lucía Salinas.

El calor en ascenso indica el avance de las actividades: unos son los que venden en suelo boliviano, otros son los que llegan para comprar y reingresar a su país de origen. Así continúa este circuito comercial informal que surge, según los comerciantes, por la falta de trabajo.

“No contamos con un trabajo que deje más plata que lo que nos dan por mover los paquetes”, cuentan dos vendedores mientras atraviesan la puerta metálica.

La memoria fotográfica ayuda a encontrar el paso por el que se ingresó a Yacuiba, no son todos iguales en su acceso, pero son tantos que cuesta elegir por dónde regresar. El recorrido es el mismo: el descenso en ese sendero de tierra hacia la quebrada, el río seco que se volvió camino, unas escalinatas improvisadas de piedra, unos pocos metros entre los árboles que proporcionan un poco de sombra y finalmente, la puerta oxidada. “Cincuenta pesos la pasada”.

La fila avanza con una celeridad poco vista siendo que se trata de una frontera concurrida. El trámite es sencillo, es diario, es parte de la vida cotidiana de los vecinos. Pocas casillas de Migraciones están abiertas pero es algo automatizado: el Documento Nacional de Identidad, una foto mirando a cámara y listo. El scanner está apagado, con lo cual, nadie suelta los bolsos ni las mochilas. Se transita por el edificio abierto que desemboca en Yacuiba. Son pocos minutos y en la base de datos ya figura quién ingresó a Bolivia utilizando ese paso.

El agua como marca de frontera entre países. Del libro "Fronteras", de Lucía Salinas.El agua como marca de frontera entre países. Del libro «Fronteras», de Lucía Salinas.

Pero no todos lo eligen. Por costumbre, por facilidad, como método para la omisión de controles de todo tipo, son muchos los que prefieren los caminos alternativos.

Inmutable ante el movimiento frente a sus ojos -ese devenir de carros, de camionetas que cargan cajas de todos los tamaños, bolsones de mercadería- José está sentado sobre un asiento improvisado. Parece no afectarle el calor agobiante ni la tierra que levantan algunos vehículos. Permanece allí mientras el tiempo transcurre a su alrededor, a tal punto que parece confundirse, de a momentos, con el paisaje. No charla con nadie pero el suyo es un rostro amable, curtido por los años. José elige cuándo interactuar. Se le acerca una mujer de unos cincuenta años, conocedora del lugar y sus costumbres. El diálogo es una escueta formalidad.

Finalmente acuerdan un precio. José corre la lona verde que oficia de puerta y con su mano izquierda señala el camino.

Detrás de aquella tela se extiende un estrecho pasillo aledaño a la precaria vivienda que parece custodiar José. Pero lo que en realidad cuida es aquel pasadizo escondido, aunque como en todo pueblo chico los secretos son a voces. Por una módica suma permite que circulen por ese camino donde lo único que lo separa de Bolivia es un patio.*

*Fragmento del libro «Fronteras», de Lucía Salinas, periodista del diario Clarín.