mayo 30, 2024

La víctima indómita en el prisma de Leila Guerriero

No es voluntario. No era algo que la periodista Leila Guerriero, una de las mejores cronistas en habla hispana, hubiera pensado a mediados de 2021 cuando empezó a hacer las casi cien entrevistas que este libro le demandó. Tampoco lo buscó cuando se sentó a desgrabar gran parte de esas voces en septiembre de 2022 en la Casa Estudio Cien Años de Soledad (México) invitada por el escritor Juan Villoro. Ni al momento de encerrarse a escribir, en diciembre de 2022, esta historia. No es voluntario, pero La llamada: Un retrato (Anagrama), el perfil de Silvia Labayru, sobreviviente del centro clandestino de detención que funcionaba en la Esma, es también un delicado dispositivo que ilumina los rincones de la historia de los años 70 y de la dictadura que suenan en sordina. ¿Es posible que quede algo por decir sobre aquella época con la cantidad de libros, películas, canciones, papers y conferencias que se han producido? Si, queda.

Leila Guerriero. Foto Ariel Grinberg.Leila Guerriero. Foto Ariel Grinberg.

“Son temas que están tocados de manera colateral”, puntualizará Leila Guerriero a Ñ un mediodía de verano en un bar que queda cerca de su casa, sobre la avenida Corrientes. Llega vestida con colores oscuros y trae en la mano la novela satírica y antibelicista Trampa 22, de Joseph Heller. “La lógica interna con la que armé el libro –seguirá– es dar voz a la gente con la que Silvia Labayru tuvo relación en algún momento de su vida: quienes la conocieron militando en Montoneros, quienes se la encontraron detenida y secuestrada dentro de la Esma, y quienes la trataron en España cuando se exilió. Por eso, no hay testimonios de otros sobrevivientes que pasaron por allí y que podrían contar muchas otras cosas de cómo era ese cautiverio”.

La lógica interna con la que armé el libro es dar voz a la gente con la que Silvia Labayru tuvo relación en algún momento de su vida.

Leila GuerrieroPeriodista

Antes de este libro, el nombre de Silvia Labayru era conocido por poca gente y siempre aparecía asociado a un hecho horroroso: ella era la jovencita que fue obligada por los jerarcas de la Esma a simular que era la hermana del represor Alfredo Astiz cuando este se inflitró durante 1977 en las reuniones que organizaciones de derechos humanos mantenían en la Iglesia Santa Cruz. Esa operación de espionaje y delación de la cual Labayru participó (la dejaban salir de la Esma, donde estaba cautiva) determinó el asesinato y desaparición de Azucena Villaflor de Vicenti, Esther Ballestrino de Careaga, María Ponce de Bianco (las tres fundadoras de Madres de Plaza de Mayo), las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, y otras siete personas. La llamada vuelve a mirar ese tema silenciado: la supuesta “complicidad o colaboración” de los detenidos-desaparecidos con los militares.

Un cautiverio con paseos

Cuando fue secuestrada, Labayru formaba parte del área de Inteligencia de Montoneros. Aunque era hija de un militar formado en la Esma y que trabajaba como piloto civil, ella había empezado a militar políticamente durante la adolescencia. En el Colegio Nacional de Buenos Aires, hizo sus grandes amigos, conoció a su actual pareja y se interesó, primero, por el marxismo. Luego, fue pasando, no sin reparos, al peronismo y a Montoneros.

El 29 de diciembre de 1976, Labayru tenía una cita con otra integrante de la aguapación en la esquina de Azcuénaga y Juncal. Tenía 20 años. Tenía un vestido acampanado con rayas rojas y azules. Tenía un marido, Alberto Lennie. Tenía un embarazo de 5 meses, una pastilla de cianuro para matarse en caso de que la emboscaran y un arma. “El secuestro no tuvo singularidades: la secuestraron, como a todos, de manera salvaje. (…) Ella gritó su propio nombre (lo hacían todos: gritar su nombre, un número de teléfono, aullar: “¡Me están secuestrando!”), mientras la arrastraban. La arrojaron en el asiento trasero de un auto. No le cubrieron los ojos”, escribe Guerriero en La llamada.

Leila Guerriero. Foto Ariel Grinberg.Leila Guerriero. Foto Ariel Grinberg.

Labayru pensó dos cosas. La primera, que era una día precioso. Y la segunda que no iba a salir viva de eso. Pero salió viva un año y medio más tarde. Antes, la torturaron, le picanearon los pezones hasta arruinárselos, la violaron (dentro y fuera de la Esma), la obligaron a parir a su hija sobre la misma camilla sobre la que había sido vejada, la forzaron a entregar a la bebé, la usaron para infiltrarse con Astiz, pero además para comprar pintura y ladrillos o para gestionar escrituras de propiedades robadas a los detenidos-desaparecidos.

Antes de liberarla (una libertad vigilada porque incluso en España debía reportarse por teléfono para conocimiento de los militares), la habían paseado por Uruguay, Brasil y México para permitirle encontrarse con su marido, cuadro de Montoneros como ella, pero escapado. A esas visitas iba acompañada por el genocida Alberto Eduardo “Gato” González, que la violaba un rato antes de cada encuentro con su marido. Suena surrealista. Lo es. Lo fue.

Labayru no fue la única detenida desaparecida usada como mano de obra esclava. En su artículo “Formas excepcionales de la violencia en el cautiverio clandestino: el trabajo forzado de prisioneras de la ESMA en la Cancillería argentina”, el doctorando en Historia y periodista Facundo Fernández Barrio explica: “En la ESMA, el proyecto personal de Massera había dado lugar a la creación de lo que los represores denominaron como un “proceso de recuperación” de un grupo de prisioneros y prisioneras provenientes del peronismo revolucionario, un experimento que apuntaba a la conversión ideológica de los militantes y que implicaba para ellos el cumplimiento forzado de diversas tareas intelectuales y manuales. Desde 1977, y sobre todo durante el año del Mundial de Fútbol de 1978, esas labores se orientaron según dos objetivos de los marinos: el despliegue de acciones para lavar la imagen exterior del régimen militar; y la producción de información para nutrir los planes políticos de Massera, quien se promocionaba en el extranjero como el líder que Argentina necesitaba”.

Leila Guerriero este mediodía de febrero, usa el libro de Joseph Heller que está leyendo para graficar el sadismo de esa cadena corta: “Ella dice que muchas veces le echaron en cara esas salidas. Desde el presente es muy difícil ver con distancia todas esas cosas. Eso también era una Trampa 22, una paradoja. En esta novela, funciona un reglamento inventado que dice que si alguien se declara loco, tiene que ser dado de baja del ejército y puede volver a casa. El problema es que las únicas personas que pueden decir que están locas son las personas que están cuerdas porque los locos no se da cuenta de su estado. De manera que todo aquel que diga que está loco está mintiendo, así es que tenés que seguir peleando. Eso fue lo que pasó con Silvia: estás libre por un rato, pero si decís que estás secuestrada, te liquidamos a vos, a tu hija y a toda tu familia a la que vigilamos. En aquel momento, todo esto fue leído de una manera muy literal y se le estampó una etiqueta, la de traidora”.

Repudiada por los propios

Haber formado parte del puñado de sobrevivientes de un campo clandestino de detención por el que pasaron cinco mil personas y apenas setenta se salvaron puso a Silvia Labayru en el centro de todas las sospechas. En el libro de Guerriero, la protagonista lo reconstruye: “Así como sentí que se había terminado el infierno, cuando llegué a Madrid y empecé a ver que la gente no quería recibirme, la forma en que Alberto me trataba, me di cuenta de que no había terminado. Alberto estaba conmigo pero desconfiaba de mí. Todo el exilio le decía lo mismo: “¿Cómo tu mujer puede estar viva? Es una traidora”. No quiso que fuéramos a vivir a Madrid porque estaba la gente del exilio. Así que me llevó de inmediato a Marbella. Tampoco él se bancaba vivir con una apestada”.

Nunca la pensé como la víctima perfecta. De hecho, ella critica bastante la actitud que tiene otra gente con respecto a haber sobrevivido al cautiverio.

Leila GuerrieroPeriodista

Los únicos que la abrazaron en cuanto llegó fueron sus amigos, los del colegio: el fotógrafo Dani Yako y su compañera de entonces Graciela Fainstein, el escritor Martín Caparrós, Diego Fernández Peteiro, Alba Corral. “Pocos más”, agrega Guerriero. La llamada vuelve a mirar ese tema silenciado: la dicotomía maniquea establecida entre los organismos de derechos humanos, que señalaban como héroes a todos los muertos, y traidores a todos los que se habían salvado.

El libro de Leila Guerriero es un perfil poco complaciente. Si Labayru cumple todos los requisitos para transformarse en una víctima perfecta (secuestrada, torturada, violada, separada de su hija que nació en cautiverio, y finalmente repudiada), ni la autora ni la protagonista se acomodan en el victimismo para obturar las zonas contradictorias y problemáticas de su historia y de su personalidad.

“Es una mujer súper plantada. Nunca la pensé como la víctima perfecta. De hecho, ella critica bastante la actitud que tiene otra gente con respecto a haber sobrevivido al cautiverio. Creo que su discurso, su manera de actuar, su humor, esta etapa de enamoramiento y de viajes que vive, todo eso gritaba claramente que su actitud antes y ahora no ha sido la de ponerse en un lugar la autocomplacencia”, describe la periodista.

Los que partimos: el álbum del exilio (con minúscula) de Dani Yako. En esta imagen, Silvia Labayru con su pequeña  hija en España. La niña había nacido en la Esma.Los que partimos: el álbum del exilio (con minúscula) de Dani Yako. En esta imagen, Silvia Labayru con su pequeña hija en España. La niña había nacido en la Esma.

Así como no es autocomplaciente, Labayru también es escéptica al analizar la militancia por la memoria de otros que salieron vivos de la Esma como ella y que ella cree que trabajan de víctimas. Con todo, cada vez que la convocan a actos o ceremonias de recuerdo, no puede decir que no. “Tiene una actitud dual, pero no contradictoria. Porque ella genuinamente quiere que se abran determinados campos de conversación y sabe que la forma de abrirlos es estar en esos sitios. Al mismo tiempo, ese es un trabajo lento y ella se cansa y se frustra. Por fuera, también tiene un círculo íntimo de amistades con las que comparte estos puntos de vista y con quienes puede expresar estas críticas sin temor hacer juzgada”, acota Guerriero.

Esas críticas son hacia los militares, pero especialmente hacia los líderes de Montoneros, que se refugiaron en el exterior y mandaron a sus bases al frente de una “contraofensiva” delirante que terminó con 30 mil personas desaparecidas.

“Soy muy crítica de la conducción montonera, de cómo se nos expuso, cómo no se nos cuidó”, dijo Labayrú a Página/12. Su amiga la médica patóloga Irene Scheimberg, en el libro, expresa de este modo lo que ambas han conversado durante tantas décadas: “Con Silvia hemos hablado bastante de los setenta, somos muy críticas. Yo creo que nosotros en gran parte contribuimos a que viniera la represión. Pero hacer una autocrítica es muy difícil. No querés que la derecha te use como arma. A mí me mataron a ciento cinco amigos y conocidos. Pero estábamos equivocados. Las intenciones eran fantásticas, pero cometimos más errores que aciertos. Los milicos fueron peores. Porque tenían el Estado y tenían la obligación de reaccionar de otra manera. Pero nosotros no fuimos ningunos santitos”. La llamada vuelve a mirar ese tema silenciado: la autocrítica de los propios miembros de Montoneros sobre el sinsentido de una lucha perdida de antemano.

Leila Guerriero. Foto Ariel Grinberg.Leila Guerriero. Foto Ariel Grinberg.

Si hay una manera canónica de ser víctima, Labayru no la sigue. “Yo hablaría más bien de las víctimas en general –matiza la periodista– porque siento que así como, por suerte, escuchamos desde hace muchos años a las Madres de Plaza de Mayo, a las Abuelas y a los HIJOS y hemos repasado mucho esa historia, los testimonios de los sobrevivientes son más difíciles de encontrar en la conversación pública. Incluso algunos sobrevivientes muy notorios como Víctor Basterra (que falleció) había que buscarlos en la información a los juicios. Entonces, no sé si hay una manera de ser víctima. Sí posiblemente la haya hacia adentro, en ese círculo de las organizaciones y ella tiene una posición distinta”.

Delicuentes y violadores

Tras el repudio del exilio español y de los sobrevivientes en la Argentina, la imagen de Silvia Labayru mejoró notablemente gracias a sus declaraciones ante la justicia y ante organismos internacionales denunciando los crímenes cometidos en la Esma. Leila Guerriero recuerda que había dado su testimonio acerca de lo acontecido ante la Acnur (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) en 1979, ante la Conadep (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) en 1984, y en diversos juicios contra represores de la ESMA”. En esos testimonios, quedaba claro que había sido abusada, pero como la violación se diluía en la categoría legal de “torturas y tormentos”, tampoco ella ofrecía mayores detalles.

Fue en 2010 que la violencia sexual adquirió el estatus legal de delito autónomo. Diez años después, Labayru y otras dos mujeres a las que no conoce (Mabel Lucrecia Luisa Zanta y María Rosa Paredes) testimoniaron en el primer juicio por crímenes de violencia sexual cometidos en la Esma. Ella acusó a González, como su violador, y también a Jorge Eduardo «el Tigre» Acosta, como el instigador de esas violaciones.

Fotografía del museo del Museo Sitio de Memoria Esma durante la inauguración de una placa que lo reconoce como Patrimonio Mundial de la Unesco, el 26 septiembre del 2023, en Buenos Aires (Argentina). EFE/Matías Martín CampayaFotografía del museo del Museo Sitio de Memoria Esma durante la inauguración de una placa que lo reconoce como Patrimonio Mundial de la Unesco, el 26 septiembre del 2023, en Buenos Aires (Argentina). EFE/Matías Martín Campaya

“Ella sabía que no le iba a agregar ni un año más de prisión a un tipo que va a estar preso hasta el día de su muerte –explica Leila Guerriero a Ñ–, pero tenía muy claro el motivo por el cual presentó esta denuncia: para ella era muy importante que se demostrara que estos tipos –que se decían cristianos y luchadores contra ideas que podían corromper a la sociedad– eran delincuentes simples, eran violadores, eran ladrones y raptaban bebés. De estas tres denunciantes, Silvia fue la que salió a hablar en público. Ellas son el símbolo de todo lo que hicieron estos seres siniestros y oscuros”.

Para ella era muy importante que se demostrara que estos tipos –que se decían cristianos– eran delincuentes simples, eran violadores.

Leila GuerrieroPeriodista

Eso, que no estaba nada claro en 1978, cuando Labayru llegó a España, tampoco era tan evidente en los 90 ni tampoco a comienzos de este siglo. Ella y las otras mujeres sobrevivientes de la Esma seguían siendo traidoras y putas. “Hay conceptos que hemos refinado con el paso de los años –opina Guerriero–. En aquel momento, quién iba a hablar de consentimiento, quién iba a entender el grado de violencia que significa para una persona cautiva decir que tuvo “una relación” con su carcelero cuando en realidad fue violada. El juicio que hicieron Silvia y las otras dos denunciantes hubiera sido imposible a comienzos de este siglo incluso y las hubieran maltratado. De hecho, el interrogatorio del juez fue bastante bochornoso, lo que demuestra que la justicia viene con décadas de retraso”.

Esa transformación social, dice Guerriero, explica en parte que Labayru pudiera sentirse más libre de contar su historia.

BÁSICO

Leila Guerriero. Foto Ariel Grinberg.Leila Guerriero. Foto Ariel Grinberg.

Desde hace dos décadas, es una de las mejores cronistas en habla hispana. Su trabajo se publica en diversos medios de América Latina y España: La Nación y Rolling Stone, de Argentina; El País, de España; Gatopardo, de México, y El Mercurio, de Chile, entre otros. Publicó los libros Los suicidas del fin del mundo, Frutos extraños, Una historia sencilla, Zona de obras, Plano americano, Opus Gelber. Retrato de un pianista, La otra guerra y La llamada. En 2010, su texto “El rastro en los huesos”, publicado en El País y en Gatopardo, recibió el premio CEMEX+FNPI. Algunos de sus libros han sido traducidos al inglés, el francés, el italiano, el alemán, el portugués, el sueco y el polaco.

La llamada, de Leila Guerriero (Anagrama).