mayo 13, 2022

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García Márquez y Vargas Llosa: una vieja conversación que nunca termina | Opinión

García Márquez y Vargas Llosa: una vieja conversación que nunca termina |  Opinión
De izquierda a derecha, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, en los años sesenta.
De izquierda a derecha, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, en los años sesenta.

El libro que acaba de publicar Alfaguara Dos soledades, un diálogo sobre la novela en América Latina, recoge la conversación mantenida por Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa en la Universidad de Ingeniería de Lima en septiembre de 1967.

Desde entonces, miles de conversaciones literarias sobre el mismo tema, especialmente en estos tiempos de pandemia, cuando todos nos hemos convertido en zombis; pero esto, leído más de medio siglo después, y con tanta agua literaria pasada por debajo del puente, ofrece pistas fundamentales.

Solo unos meses antes de esta conversación, apareció Cien Años de Soledad, y García Márquez viene de Buenos Aires, donde se publicó la novela, arrastrando su repentina fama; y Vargas Llosa acaba de recibir el premio Rómulo Gallegos en Caracas por La Serra. Es la década de auge, cuando también se publican La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, en 1962, y campana, de Julio Cortázar, en 1963, año en que también salió La ciudad y los perros, del propio Vargas Llosa, premio Seix Barral.

En la conversación de Lima se repite la mención de auge. “No sé si el fenómeno de auge en realidad es un archivo auge de escritores o si es un archivo auge de lectores… ”, dice García Márquez.

La auge puede ser cualquier cosa menos una generación literaria. Cuándo campana Se publica, Cortázar, que más bien podría ser el abuelo, o el padre, de todos los demás, tiene unos 50 años, y por la apariencia de La ciudad y los perros Vargas Llosa tiene solo 27 años. Los únicos contemporáneos entre ellos son Fuentes y García Márquez.

Tampoco pudieron firmar ningún manifiesto generacional, ni conspirar para matar a sus padres, como es el caso de cada nueva generación de jóvenes escritores dignos de ese nombre. Para algunos de ellos, los padres agradecidos son Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti o William Faulkner.

El único padre con el que se vengan los protagonistas de la conversación limeña es Borges, porque «está huyendo de una realidad concreta, de una realidad histórica» ​​como entonces pensaba Vargas Llosa; aunque García Márquez admite que no puede dejar de leerlo. Y lo lee solo porque «es un hombre que enseña a escribir». Casi podemos ver a Borges en este diálogo como una deidad menor, que no sobrevivirá a los años.

Pero Borges se convierte en un tema recurrente en la conversación. Es una espina que sigue ahí, clavada en la garganta, y Vargas Llosa no parece tranquilo de conciencia. No puede ser que esta tentación de volver siempre a Borges, de leerlo y releerlo, no tenga razón, más allá de que su obra es un buen manual para aprender a escribir. Borges, de alguna manera, dice Vargas Llosa, «está describiendo, mostrando la irrealidad argentina, la irrealidad latinoamericana». Y esa irrealidad «es también una dimensión, un nivel, un estado de esa realidad total que es el dominio de la literatura».

Lo plantea como una pregunta. «Te hago esta pregunta», le dice a García Márquez, «porque siempre he tenido problemas para justificar mi admiración por Borges». Pero el otro no se rinde. «No tengo ningún problema en justificar mi admiración, lo leo todas las noches», dice. Pero lo único que le interesa es «el violín que usa para expresar sus cosas». Su irrealidad es falsa, no es la irrealidad de América Latina, que «es algo tan real y cotidiano que se confunde totalmente con lo que se entiende por realidad».

Aquellos dos que niegan al maestro que admiran y que no puede dejar de leer, un reaccionario con viejas ideas, desconocen que ambos recibirán en el futuro el premio Nobel de literatura que le será negado a Borges; pero también ignoran que este anciano ciego, tan molesto por sus opiniones impenitentes, será en todos los sentidos tan universal como lo será, y que su obra tendrá una inmensa influencia en las generaciones posteriores de escritores en otros idiomas. Un gran clásico.

Y cuando Vargas Llosa se preocupa por el sentido de irrealidad latinoamericano de Borges como dimensión de la realidad total, es porque están hablando de algo que se volverá fundamental desde auge como un enfoque literario, y es ese concepto por completo. Las generaciones anteriores, desde Guiraldes hasta José Eustasio Rivera, pasando por Rómulo Gallegos, no supieron verlo todo, ambos coinciden.

Los del cuarteto de auge son los descubridores de toda América Latina. Se ven como piezas de un mecanismo narrativo, un modelo a armar, porque la realidad, siendo la misma en todas partes, con diferentes relieves, se presta a una sola escritura, una escritura colectiva a la que, además de ellos, Carpentier, Onetti , Rulfo.

La novela latinoamericana se convierte así en un gran concierto polifónico. Carlos Fuentes se convertirá en uno de los enérgicos impulsores de este concepto, llegando incluso a proponer la redacción de una novela de novelas, cada una de las cuales es un capítulo escrito por un novelista diferente.

Y este concepto de totalidad, de visión común, sólo es posible porque finalmente ha llegado al punto de conquistar la modernidad. Un nuevo descubrimiento de América.

Sergio Ramírez es escritora, Premio Cervantes 2017.