mayo 22, 2022

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Inflación: entre Keynes y la autonomía | Opinión

Inflación: entre Keynes y la autonomía |  Opinión
El ministro de Finanzas de México, Arturo Herrera, durante una entrevista de abril de 2020 en el Palacio Nacional.
El ministro de Finanzas de México, Arturo Herrera, durante una entrevista de abril de 2020 en el Palacio Nacional.Gladys Serrano / EL PAÍS

En la jerga económica, las políticas fiscales y monetarias se conocen como políticas de demanda. Es decir, tienen la capacidad de alterar los bienes y servicios que se requieren en una economía, pero no necesariamente pueden alterar – sería deseable aumentar – la capacidad de producción. Ambos afectan el desempeño económico, y todo lo que esto implica, como los salarios, los precios y la producción, pero a corto plazo, porque para cambiar lo que realmente puede producir una economía, se necesitan cambios más fundamentales, cambios estructurales cuyo impacto se percibe como tiempo. va por.

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Ambas pólizas deben contratarse con conocimiento de los riesgos y beneficios que cada una conlleva. Nadie es inofensivo. Son un poco como los antibióticos, pueden curar una condición si están bien recetados, pero es probable que tengan algunos efectos secundarios. Incrementar el gasto público en un momento de desaceleración o estancamiento absoluto puede reactivar la producción, mejorando los niveles de empleo; pero su impacto puede ser temporal y existe la posibilidad de que los precios aumenten en consecuencia, mitigando, o en ocasiones eliminando, los beneficios que podría haber generado el antibiótico fiscal.

Si la política fiscal tiene su grado de complejidad, el de la política monetaria es significativamente mayor. Decidir cómo y cuánto gastar, cómo y cuánto gravar, y cómo y cuánto pedir prestado no es una tarea trivial. A medida que se toman estas decisiones, los incentivos se ven afectados (un término sin el cual los economistas no pueden prescindir) y cambian el comportamiento de las personas.

La política monetaria tiene su grado de ciencia, pero mucho más que arte. Más complejo es saber cuánto dinero hay que inyectar a la economía para no frenar su crecimiento, pero sin generar inflación, el equilibrio es importante y difícil de lograr. No solo hay que considerar las condiciones actuales de una economía, hay que tener estimaciones de crecimiento futuro y las expectativas que tienen todos los agentes económicos, incluida, por supuesto, la población en su conjunto. En economías integradas, como es el caso de México con el bloque norteamericano, los objetivos del banco central también deben considerar el desempeño de los socios comerciales y reconocer el vínculo que existe entre las políticas monetarias de los países donde existe un comercio significativo. Y entre muchas cosas a considerar, el banco central debe cumplir con su función más importante: mantener el poder adquisitivo del dinero.

La inflación es el impuesto más regresivo que existe. Afecta principalmente a quienes dedican una mayor parte de sus ingresos al consumo y a quienes mantienen su riqueza, sea la que sea, en efectivo. Pocos fenómenos complejos y nocivos para una sociedad como la inflación desbordante. En este sentido, la autonomía del banco central, Banco de México en nuestro caso, es fundamental. La política monetaria debe mantenerse separada de la política fiscal. El fiscal no puede dar instrucciones al monetario, ni viceversa. La política fiscal puede cambiar sus metas para que a su vez estén de acuerdo con el gobierno, ojalá siempre considere la estabilidad económica como una meta intrínseca; pero la política monetaria debe trascender las administraciones. No tiene que responder al ejecutivo, tiene que responder al país.

El Banco de México se caracterizó incluso antes de adquirir su autonomía por ser un gran formador de talentos. El desarrollo de la capacidad técnica necesaria fue de la mano de la complejidad de su tarea. Sus perfiles deben ser técnicos. Deben tener la capacidad de analizar datos, cifras, situaciones complejas, desprendiéndose de las fobias políticas y las filias. Tarea difícil, sin duda.

El presidente López Obrador ha formalizado un anuncio que ya estaba planeado. Antes de finalizar el mandato del actual gobernador Alejandro Díaz de León, el mandatario ha indicado que propondrá al Senado el nombramiento del actual secretario de Hacienda, Arturo Herrera, para el cargo que quedará vacante en diciembre. No entiendo la necesidad de que el presidente haga un anuncio de esta magnitud seis meses antes de la fecha límite. El anuncio anticipado parece contraproducente para las agendas de ambas instituciones.

Arturo Herrera demostró ser un secretario complaciente con los deseos del presidente. En los meses más duros de 2020, fue crucial otorgar más apoyo fiscal. Con los datos sobre empleo, pobreza, caída de ingresos, muertes por covid, la necesidad de más apoyo fue evidente para todos, sin caer en la falsa historia del no endeudamiento. Supongo que la secretaria lo sabía, tal vez el presidente no escuchó.

También sabemos que las políticas de austeridad implementadas por la actual administración serían la envidia de cualquier libro de texto neoliberal. Pero también sabemos que estos recortes no solo son rentables y rentables, sino que también cuestan vidas. La manipulación «ligera» de las cifras por parte del Secretario de Hacienda ha levantado algunas señales de alarma. Baste recordar que al cierre de la Convención Nacional Bancaria en marzo aseguró que 80 millones de mexicanos ya estarían vacunados para mayo. Tales tópicos no se pueden cometer en política monetaria. La precisión es clave.

La operación del Banco de México se realiza a través de su directorio, siempre apoyado por un equipo con innegable conocimiento técnico. Espero que a través del gobierno de una de las instituciones más importantes de México, se mantenga la autonomía e independencia del banco central. Esto no es una exageración. Si esa autonomía e independencia se perdieran en la práctica, el deterioro inflacionario vendría tarde o temprano. México no necesita volver a esto.

Estas líneas ya no son suficientes para comentar el cambio al Ministerio de Hacienda. Baste decir que un poco de keynesianismo, en tiempos de crisis económica, podría estar bien, porque después de todo, para citar a los grandes, a la larga todos estamos muertos.

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