mayo 13, 2022

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La epidemia colombiana | Opinión

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Los jóvenes protestan contra el gobierno el lunes en Bogotá.
Los jóvenes protestan contra el gobierno el lunes en Bogotá.LUISA GONZALEZ / Reuters

Debemos comenzar con modestia, aceptando que cualquier intento de explicación es especulativo. Ningún académico, analista y periodista había previsto este estallido, la magnitud y la fuerza de lo ocurrido en Colombia en las últimas semanas. Cada explicación es un intento de racionalización retrospectiva que carece (lo confieso) de poder predictivo.

El desempleo surge como un fenómeno predominantemente juvenil, concentrado en las grandes ciudades. Ha atraído especialmente a las clases medias vulnerables, más pobres que estructuralmente pobres. El paro juvenil (cercano al 25%), el cierre de la educación presencial y el encarcelamiento de muchos han empujado a los jóvenes a la calle con mayor fuerza que en 2019. Muchos se sienten excluidos, sin oportunidades, sin esperanzas. El control de la pandemia les ha impuesto una carga excesiva, exacerbado los problemas de exclusión y marginación.

Soy maestro, he visto crecer la desesperación, la impaciencia y la indignación. Toque de queda injustificado. Los cierres de colegios y universidades. Se entregó un poder excesivo a la policía para controlar la pandemia. Pasividad ante las necesidades de los jóvenes. En general, todo esto alimentó una especie de ira reprimida. Una primera epidemia ocurrió en Bogotá en septiembre, la cual fue reprimida violentamente por la policía. Varios jóvenes murieron. No pasó nada.

Obviamente hay otras razones, muchas más, entre ellas: la falta de liderazgo del gobierno, su incapacidad para generar consensos políticos, impulsar una agenda de reformas, canalizar el deseo de cambio que Paz concuerda con la guerrilla había generado. «El futuro es de todos», dice la consigna del gobierno. Desafortunadamente, la agenda del gobierno se ha centrado en el pasado, en modificar acuerdos, en promover divisiones, en alimentar una polarización insensata.

Más allá de las posibles causas profundas del descontento, la respuesta violenta de las autoridades y las violaciones de los derechos humanos han alimentado la indignación y creado una nueva causa, un nuevo motivo de protesta, un nuevo propósito colectivo. Al mismo tiempo, como siempre pasa, muchos grupos se sumaron a las movilizaciones. Hay una dinámica de empoderamiento mutuo, cuanta más gente protesta, más gente quiere unirse: transportistas, cocaleros, sindicatos, nativos, trabajadores de la salud, etc.

Además, las protestas tienen un contexto regional diferente. En Bogotá, la capital del país, se reunieron en su mayoría jóvenes que encontraron un punto de encuentro y un lugar providencial en la calle para gritar sus frustraciones y descontentos. En Cali, por el contrario, las protestas han desatado fenómenos más complejos, más violentos: civiles armados que disparan contra quienes bloquean las calles, grupos de jóvenes que, con intimidación y violencia, controlan el acceso a barrios populares, y probablemente grupos del crimen organizado. quiero aprovechar el caos.

Las protestas fueron un fenómeno espontáneo, descentralizado, sin jerarquías. Los teléfonos móviles resuelven un problema esencial de coordinación. Algunos han querido ver en todo esto un diseño inteligente, una gran conspiración internacional. Pero no hay evidencia de ello. Sin embargo, la descentralización crea un problema de representación. No hay quien pueda derogar la representación de los jóvenes en las calles. Los diferentes grupos tienen diferentes necesidades. El gobierno quiere negociar, pero no está seguro con quién.

Hay un grupo de sindicalistas y políticos (el llamado «comité de huelga») que reclaman para sí un legítimo poder de representación. Pero es difícil creerle. Su agenda parece anti-juvenil. Atacan la alternancia escolar y representan a los trabajadores formales, una generación que defiende privilegios que paradójicamente van en contra de las demandas de los jóvenes. Quizás sea más productivo abrir el debate por completo, tener mesas regionales y escuchar a los jóvenes, al menos para comprender sus angustias y frustraciones.

La mayor parte de la sociedad colombiana no quiere más asesinatos, más violencia y más palabras de odio. Ese sentimiento, el rechazo de la mayoría de nuestro pasado violento, es nuestra única esperanza en este triste momento. Este debería ser el primer punto de cualquier diálogo. La vida es lo que queremos. Ni más menos.